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DI DÓNDE LUGARES DONDE PASÓ ALGO 16.10.2026

Altamira: la vio una niña de ocho años en 1879 y hoy entran cinco personas por semana

Marcelino Sanz de Sautuola llevaba años mirando al suelo de la cueva de Santillana del Mar. Su hija María miró hacia arriba. Tardaron veinte años en creerle, y hoy la cueva original se sortea: cinco plazas por semana.

Altamira: la vio una niña de ocho años en 1879 y hoy entran cinco personas por semana
ALTAMIRA: LA VIO UNA NIñA DE OCHO AñOS EN 1879 Y HOY ENTRAN CINCO PERSONAS POR SEMANA

unknown prehistoric artist, Public domain, vía Wikimedia Commons

En el verano de 1879, Marcelino Sanz de Sautuola estaba de rodillas en el suelo de una cueva a dos kilómetros de Santillana del Mar, en Cantabria. Buscaba huesos, sílex, conchas: lo que entonces se consideraba material serio. Llevaba cuatro años entrando allí de vez en cuando, desde que un cazador de la zona, Modesto Cubillas, le contó que su perro se había colado por una grieta abierta en la ladera. Aquel día Sautuola se había llevado a su hija María, que tenía ocho años y a la que la excavación le aburría bastante.

María se metió por una sala lateral, a la izquierda de la entrada. Es un espacio ancho y de techo muy bajo, entre poco más de un metro y dos y medio en las partes altas, así que ella podía andar de pie donde su padre tenía que agacharse. Levantó la vista. Y llamó a su padre para decirle que en el techo había bueyes.

No eran bueyes. Eran bisontes, unos veinte, pintados en rojo ocre y negro, encajados en los bultos de la roca de manera que el relieve natural hace de lomo y de grupa. Junto a ellos hay caballos, una cierva de dos metros y medio, signos y manos. Sautuola entendió enseguida que aquello era muy antiguo, porque ya había visto en la Exposición Universal de París de 1878 objetos paleolíticos grabados con animales parecidos.

Veinte años acusado de montárselo

En 1880 publicó un cuaderno breve, Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la provincia de Santander, donde sostenía que las pinturas eran obra de los mismos hombres que habían dejado los útiles del suelo. Le apoyó Juan Vilanova y Piera, catedrático de geología de la Universidad Central de Madrid, que fue a verlas y dio la cara por él.

La reacción del resto fue demoledora. En el Congreso Internacional de Antropología y Arqueología Prehistóricas celebrado en Lisboa ese mismo año, los nombres que mandaban en la disciplina —el francés Émile Cartailhac, Gabriel de Mortillet— dieron por hecho que era un fraude. El argumento de fondo era que unos cazadores del Paleolítico no podían pintar así. El argumento de barra era peor: que un pintor francés que había pasado por casa de Sautuola restaurando piezas las había hecho a escondidas para reírse de los sabios.

Sautuola murió en 1888 con esa etiqueta encima. La rectificación llegó en 1902, cuando aparecieron pinturas parecidas en cuevas francesas y Cartailhac publicó en la revista L’Anthropologie un artículo titulado «Mea culpa d’un sceptique». María Sanz de Sautuola vivió hasta 1946 y llegó a ver la cueva declarada patrimonio nacional. Hoy se data el conjunto de los polícromos del techo en torno a 15.000 años, con figuras y signos en otras salas bastante más antiguos.

Por qué está cerrada

El problema no es el capricho de nadie: es la humedad, el calor corporal y el dióxido de carbono que suelta cada visitante. En los años setenta la cueva llegó a recibir del orden de 170.000 personas al año, y en 1977 se cerró porque las pinturas se estaban degradando. Reabrió en 1982 con cupo reducido y lista de espera de años. En 2002 volvió a cerrarse al detectarse colonias de hongos sobre la roca.

Desde 2014 funciona un programa de visitas controladas que sigue vigente. Los viernes entran cinco personas, elegidas por sorteo entre los visitantes que están en el museo esa misma mañana. Quien sale premiado se pone mono, mascarilla, guantes y calzado desechables, recorre un itinerario tasado de unos treinta y pico minutos y no toca nada. Se mide todo: temperatura, CO₂, partículas. No se reserva por internet ni se compra: hay que estar allí el viernes.

Lo que sí se visita: la Neocueva

El Museo Nacional y Centro de Investigación de Altamira está en la avenida Marcelino Sanz de Sautuola, sin número, 39330 Santillana del Mar, a un paseo del casco histórico. Dentro está la Neocueva, una réplica abierta en 2001 que reproduce la cueva tal como se supone que estaba hace 15.000 años, antes de que un desprendimiento tapara la boca original.

Conviene saber qué es y qué no es. No es un decorado pintado a mano alzada: la reproducción del techo de los polícromos la hicieron Pedro Saura y Matilde Múzquiz a partir de fotografía de gran formato y medición milimétrica de la superficie rocosa, con los mismos pigmentos minerales. La sensación de estar debajo de aquello, con el techo a un palmo de la cabeza, se sostiene. Lo que no se sostiene es el olor, la temperatura ni el silencio: es una sala de museo con gente pasando. El resto del museo cuenta la vida de quienes pintaron allí, con piezas originales.

La entrada general cuesta 3 euros. Es gratis los sábados a partir de las 14:00 y los domingos completos, y también para menores de 18 años, mayores de 65 y otros supuestos. Los lunes cierra. Horarios y días festivos cambian según la temporada, así que merece la pena mirarlos antes en la web del museo.

Cómo llegar

Santillana del Mar está a unos 30 kilómetros de Santander por la A-67 y la A-8, media hora larga en coche. Hay autobús de línea desde la estación de Santander. El museo tiene aparcamiento propio, de pago en temporada alta, y el casco histórico es peatonal, así que si se va a ver también el pueblo lo práctico es dejar el coche allí y subir andando.

La entrada de la cueva verdadera está a unos metros del museo, señalizada y vallada. Se ve la boca desde fuera. Por dentro, salvo un viernes de mucha suerte, no la ve casi nadie.

Altamira: la vio una niña de ocho años en 1879 y hoy entran cinco personas por semana
unknown prehistoric artist, Public domain, vía Wikimedia Commons

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