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DI DÓNDE LUGARES DONDE PASÓ ALGO 09.09.2026

Belchite viejo: las ruinas que dejó la batalla de 1937 y donde Terry Gilliam rodó sin montar decorado

El pueblo viejo de Belchite quedó destruido entre agosto y septiembre de 1937 y nunca se reconstruyó. Cincuenta años después, el equipo de 'Las aventuras del barón Munchausen' encontró allí una ciudad arrasada que no había que fabricar. Hoy solo se entra con visita guiada.

Belchite viejo: las ruinas que dejó la batalla de 1937 y donde Terry Gilliam rodó sin montar decorado
BELCHITE VIEJO: LAS RUINAS QUE DEJó LA BATALLA DE 1937 Y DONDE TERRY GILLIAM RODó SIN MONTAR DECORADO

En 1987, el equipo de localizaciones de Terry Gilliam buscaba una ciudad europea machacada por la artillería. Presupuesto para levantarla no había: Las aventuras del barón Munchausen se estaba comiendo el dinero antes de rodar un plano. Alguien apuntó a un pueblo de la provincia de Zaragoza donde la ciudad arrasada llevaba cincuenta años esperando en pie, con las casas abiertas en canal y las torres de las iglesias sin campanas.

Belchite viejo no necesitaba escenografía. Necesitaba cascotes retirados para que pasaran las cámaras.

Dónde está exactamente

Belchite está a unos 45 kilómetros al sureste de Zaragoza, en la comarca del Campo de Belchite. Al llegar, el visitante se encuentra en realidad con dos pueblos pegados. Uno es el Belchite actual, habitado, con su ayuntamiento, su bar y sus mil y pico vecinos. El otro empieza justo al final de la calle, detrás de una valla: es el pueblo viejo, unas veinte hectáreas de ruinas que llevan desde 1937 sin arreglar. La entrada se hace por el Arco de la Villa, la puerta de piedra que sobrevivió al bombardeo.

Qué pasó allí entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937

Belchite no fue un objetivo militar por sí mismo. Fue el punto donde se atascó una ofensiva. En agosto de 1937 el Ejército del Este republicano lanzó la ofensiva de Aragón con la idea de amenazar Zaragoza y aliviar la presión sobre el norte, que se estaba perdiendo. Belchite, en manos sublevadas, quedó rodeado el 24 de agosto.

La guarnición, con unos dos mil defensores entre tropa, guardia civil y falangistas, estaba al mando del comandante Manuel Ruiz-Farrona. Le habían prometido que la columna de socorro llegaba. No llegó. Dentro quedaron atrapados también los vecinos que no habían salido a tiempo.

El asalto lo llevaron unidades como la 11ª División de Enrique Líster y la XV Brigada Internacional, con el batallón Lincoln-Washington entre ellas. Los internacionales dejaron por escrito el desconcierto de aquellos días: habían venido a una guerra de trincheras y se encontraron peleando casa por casa, abriendo boquetes en los tabiques con explosivos para pasar de un salón al de al lado sin salir a la calle, porque la calle era un pasillo de tiro. El pueblo cayó el 6 de septiembre. El comandante Ruiz-Farrona fue hecho prisionero. Las cifras de muertos nunca se han cerrado del todo, y siguen discutiéndose.

Después llegó lo que explica que las ruinas sigan ahí. En marzo de 1938 el bando sublevado recuperó la zona, y Franco decidió que Belchite no se reconstruía. El pueblo destruido quedaría como estaba, en calidad de monumento a la resistencia, y al lado se levantaría uno nuevo. Las obras del Belchite nuevo empezaron en 1939 y en ellas trabajaron presos republicanos de un destacamento penal. Fueron lentas: hubo familias viviendo entre los escombros del pueblo viejo, sin agua corriente ni luz, hasta bien entrados los años sesenta.

Qué se ve hoy, sin maquillar

Lo que queda no es un yacimiento cuidado. Es una ruina que sigue cayéndose, y eso es exactamente lo que se ve.

  • El Arco de la Villa, por donde se entra, y desde el que arranca la calle Mayor.
  • La torre del reloj, con el hueco vacío donde estuvo la esfera.
  • La iglesia de San Martín de Tours, con su torre mudéjar acribillada, el edificio más reconocible del conjunto.
  • La iglesia del antiguo convento de San Agustín, sin cubierta, con las bóvedas rotas dejando entrar el cielo. Es la imagen que más se ha fotografiado del pueblo.

De las casas particulares, en muchos casos queda solo la fachada, y de otras ni eso: montones de adobe que fueron viviendas y que el agua se ha ido llevando. Se han hecho trabajos de consolidación para apuntalar lo que amenazaba con venirse abajo, pero no hay reconstrucción ni la va a haber. El pueblo lleva casi noventa años a la intemperie y se nota en cada invierno.

El rodaje que puso a Belchite en el mapa del cine

Las aventuras del barón Munchausen (1988), de Terry Gilliam, se rodó sobre todo en los estudios de Cinecittà, en Roma, con un presupuesto que se desbordó hasta convertirse en leyenda del sector. Para la ciudad europea sitiada y molida a cañonazos donde arranca la historia, la producción se vino a España y usó las ruinas de Belchite tal cual estaban. En el reparto figuraban John Neville como el barón, una Sarah Polley niña como Sally Salt y una Uma Thurman de dieciocho años haciendo de Venus, en uno de sus primeros papeles.

La ironía del asunto es difícil de esquivar: un decorado de guerra fantasiosa, con globos y sultanes, montado encima de una destrucción real y documentada. Desde entonces han pasado por allí más rodajes, videoclips y sesiones de fotos, y el ayuntamiento gestiona los permisos, con la ruina convertida en un recurso del pueblo nuevo.

Cómo llegar y qué conviene saber antes de ir

Desde Zaragoza se llega por carretera en algo menos de una hora. El pueblo viejo no se puede visitar por libre: está vallado y el acceso solo se hace con visita guiada organizada por el Ayuntamiento de Belchite, con horarios fijos, tarifa y reserva previa. La razón es doble, la seguridad de quien entra y la conservación de lo que queda en pie.

Hay también turnos de visita nocturna, más largos y con aforo limitado, que suelen agotarse antes. Conviene comprobar horarios y disponibilidad con la oficina de turismo antes de plantarse allí, porque cambian según la temporada.

Un par de cosas prácticas. El suelo es irregular, con cascotes sueltos: calzado cerrado. En verano el Campo de Belchite pega fuerte y dentro de las ruinas no hay sombra ni fuentes. Y merece la pena dedicar diez minutos al pueblo nuevo, con su arquitectura de posguerra y su plaza planificada desde un despacho, porque explica la otra mitad de la historia.

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