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DI DÓNDE LUGARES DONDE PASÓ ALGO 20.08.2026

Numancia, en Garray: el cerro donde Roma dejó de atacar y se limitó a esperar once meses

En la Muela de Garray, a 7 km de Soria, Escipión rodeó Numancia en el 134 a.C. con siete campamentos y nueve kilómetros de muro. Hoy el cerro se recorre entre dos ciudades superpuestas: la celtibérica debajo, la romana encima.

Numancia, en Garray: el cerro donde Roma dejó de atacar y se limitó a esperar once meses
NUMANCIA, EN GARRAY: EL CERRO DONDE ROMA DEJó DE ATACAR Y SE LIMITó A ESPERAR ONCE MESES

Cuando Publio Cornelio Escipión Emiliano llegó al alto Duero en el año 134 a.C., lo primero que hizo fue no atacar. Roma llevaba veinte años estrellándose contra Numancia. Un cónsul tras otro había subido al cerro y había bajado derrotado; uno de ellos, Cayo Hostilio Mancino, firmó en el 137 a.C. un tratado tan humillante que el Senado lo anuló y lo mandó devolver, atado y desnudo, a los numantinos. Ellos ni siquiera se molestaron en recogerlo.

Escipión, que ya había arrasado Cartago, miró el cerro y decidió que aquello no se ganaba con espadas. Se ganaba con palas.

Dónde está el sitio exactamente

El yacimiento ocupa el cerro de la Muela, en el término municipal de Garray (Soria), a unos 7 kilómetros al norte de la capital por la N-111. El desvío sale del propio pueblo y está señalizado. Es una loma baja, de laderas suaves, asomada a la vega donde el Tera se junta con el Duero. Quien espere una acrópolis se llevará una sorpresa: Numancia no era un nido de águilas, sino una ciudad de tamaño medio sobre una elevación discreta, rodeada de tierras de labor y de horizonte.

Esa geografía explica el asedio. Un cerro así se rodea. Y eso fue exactamente lo que hizo Escipión.

Siete campamentos y nueve kilómetros de muro

El plan consistió en construir un cinturón alrededor de la ciudad. Siete campamentos repartidos por las alturas del entorno, unidos entre sí por un foso y una empalizada que sumaban unos nueve kilómetros. Los dos más conocidos hoy son Castillejo, al norte, y Peña Redonda, al sur. Escipión mandó incluso tender obstáculos y torres en el río para impedir que entrase nada por agua.

Dentro quedaron, según el relato de Apiano de Alejandría, unos ocho mil hombres en edad de combatir. Fuera, un ejército de decenas de miles. Los numantinos salieron a provocar el combate y no encontraron a nadie dispuesto a dárselo.

Apiano cuenta el episodio que mejor resume aquellos meses. Un numantino llamado Retógenes Caraunio cruzó el cerco de noche con unos pocos hombres y llegó a Lutia, una población arévaca cercana, a pedir ayuda. Los jóvenes del lugar estaban dispuestos a dársela; los mayores avisaron a Escipión. El romano se presentó allí con sus tropas y ordenó cortar las manos a cuatrocientos jóvenes. Nadie volvió a plantearse socorrer a Numancia.

La ciudad aguantó once meses. Cayó en el verano del 133 a.C., por hambre. Los supervivientes fueron vendidos como esclavos y una parte del botín desfiló después en el triunfo de Escipión en Roma. El cerro quedó vacío.

Dos ciudades, una encima de otra

Aquí está la parte que más despista al visitante. Lo que se recorre hoy no es la Numancia que resistió el asedio, o no del todo. Décadas después de la destrucción, Roma levantó sobre el mismo cerro una ciudad nueva, romana, que siguió habitada durante siglos. Y las excavaciones sacaron a la luz sobre todo esa capa de arriba.

Sobre el terreno se distinguen así:

  • Lo romano es lo que se pisa: calles rectas y anchas, trazado ordenado en manzanas, canalizaciones bajo el pavimento, casas con estancias en torno a un espacio central. Todo lo que parece planificado con escuadra es posterior al 133 a.C.
  • Lo celtibérico está debajo, y aflora en puntos concretos señalizados: zócalos de piedra sobre los que se levantaba adobe, viviendas alargadas y adosadas, con la casa entera organizada en una sola crujía. Muros más estrechos, piedra más pequeña, trazado más apretado.

Los tramos de muralla y las dos casas reconstruidas —una celtibérica y otra romana, levantadas una junto a otra a propósito— son obra moderna, hechas sobre el trazado excavado para que se entienda la diferencia. Conviene saberlo antes de entrar: no son ruinas, son maquetas a tamaño real. Funcionan bien justo por eso, porque enseñan de un vistazo lo que las líneas de piedra a ras de suelo no cuentan.

Quién sacó todo esto a la luz

El primero en levantar un plano serio del cerro fue el ingeniero Eduardo Saavedra, en 1861. Pero el nombre que quedó pegado a Numancia es el del alemán Adolf Schulten, que a partir de 1905 excavó el yacimiento y, sobre todo, se dedicó a buscar y localizar los campamentos de Escipión por los cerros de alrededor. Su empeño en el cerco romano es la razón de que hoy se sepa dónde estaba cada pieza del asedio.

Que un extranjero anduviera excavando el símbolo de la resistencia hispana no sentó nada bien. El Estado creó poco después una comisión española de excavaciones, dirigida por José Ramón Mélida y Blas Taracena, que trabajó en el cerro durante años. De esa competición salió buena parte de lo que hoy se ve, y también la extraordinaria cerámica numantina pintada que se conserva en Soria.

Cómo llegar y qué conviene saber

  • Acceso: por la N-111 desde Soria hasta Garray, y desde el pueblo, desvío señalizado hasta el aparcamiento al pie del cerro. Se sube andando, sin dificultad.
  • Horarios: varían según la temporada y hay días de cierre. Conviene comprobarlos antes de coger el coche; el yacimiento depende de la Junta de Castilla y León.
  • La visita guiada: es lo que cambia la experiencia. Sin alguien que señale qué muro es de qué siglo, buena parte del recorrido se queda en piedras alineadas. Con guía, el cerro se lee.
  • El terreno: no hay sombra y el viento sopla casi siempre. En julio pega el sol de lleno; en invierno, en Soria, hace el frío que hace. Calzado cerrado, agua y gorra.
  • El complemento: los materiales de las excavaciones —cerámica, armas, objetos domésticos— están en el Museo Numantino, en el Paseo del Espolón, 8, de Soria capital. Cerro y museo se entienden mucho mejor el mismo día.
  • Los campamentos: los cerros donde estuvieron Castillejo, Peña Redonda y el resto siguen ahí, visibles desde lo alto de la Muela. En superficie apenas queda nada que ver, pero desde el yacimiento se puede reconstruir con la vista el círculo que apretó la ciudad.

En la parte alta del cerro hay un monolito conmemorativo del siglo XIX, plantado allí cuando Numancia se había convertido en bandera patriótica. Está a unos metros de las casas reconstruidas y de las calles romanas. Tres capas del mismo sitio, a la vista al mismo tiempo.

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