El Palacio de Liria ardió en 1936 y solo quedaron las fachadas
En la calle de la Princesa 20 de Madrid. El 17 de noviembre de 1936 un bombardeo incendió el palacio entero y solo quedaron las fachadas. Lo que se visita hoy se reconstruyó entre 1948 y 1956.
En la calle de la Princesa, números 20 y 22, detrás de una tapia y un jardín que casi nadie mira al pasar, está el Palacio de Liria. Es la residencia madrileña de la Casa de Alba desde el siglo XVIII y guarda una de las mayores colecciones de arte privadas de España. El 17 de noviembre de 1936 ardió entero. Lo que se visita hoy es una reconstrucción de los años cincuenta levantada dentro de las fachadas originales, que fue lo único que quedó en pie.
Qué es el edificio y desde cuándo está ahí
El palacio se construyó entre 1767 y 1785 para el tercer duque de Berwick y de Liria. El proyecto lo firmó el arquitecto francés Louis Guilbert y lo remató Ventura Rodríguez. Es neoclásico, de planta rectangular, y está pensado como las residencias urbanas parisinas de la época: retranqueado respecto a la calle, con patio y jardín delante.
Cuando se levantó, la calle de la Princesa no era la avenida de ahora. El palacio quedaba en el borde de la ciudad. Madrid creció alrededor hasta rodearlo, y hoy pasa desapercibido entre bloques de oficinas y el tráfico del eje de Argüelles.
Qué pasó el 17 de noviembre de 1936
Madrid llevaba semanas siendo bombardeada. Ese día, los proyectiles lanzados por la aviación sublevada alcanzaron el palacio y provocaron un incendio que no hubo forma de apagar. El fuego se comió el interior completo: techos, escaleras, artesonados, la distribución entera de las plantas. Al terminar, del Palacio de Liria quedaban las cuatro fachadas y poco más.
La colección, en cambio, se salvó casi entera, y ahí es donde las fuentes no cuentan exactamente lo mismo. La versión del propio palacio y de su documentación es que el duque había ordenado antes sacar los cuadros importantes y llevarlos al Banco de España y a la embajada británica. Otras crónicas de la guerra explican que fueron las milicias republicanas las que trasladaron la colección a Valencia, como se hizo con la del Museo del Prado. Es probable que las dos cosas ocurrieran, en momentos distintos y con piezas distintas. Lo que no está en duda es que la parte principal no estaba dentro del edificio la noche que ardió.
Lo que sí se perdió fue el papel. Unos seis mil grabados y dibujos acabaron arrojados al jardín para salvarlos del fuego y se estropearon allí con la lluvia. La documentación más valiosa del archivo aguantó porque estaba guardada en cajas metálicas y se pudo recuperar después.
Doce años en ruinas y ocho de obras
El palacio se quedó como estaba durante más de una década. La reconstrucción no empezó hasta 1948 y se alargó hasta 1956. La impulsaron Cayetana Fitz-James Stuart, que había heredado la casa, y su primer marido, Luis Martínez de Irujo.
El proyecto venía de los planos que el decimoséptimo duque de Alba le había encargado al arquitecto británico Edwin Lutyens. Quien lo ejecutó sobre el terreno fue Manuel Cabanyes Mata, que cambió la escalera principal y redistribuyó por dentro. El duque no llegó a verlo: murió en 1953, con las obras aún en la cimentación.
Por eso el Palacio de Liria es un edificio del siglo XVIII por fuera y de los años cincuenta por dentro. Las fachadas son las originales, con sus impactos reparados. Los interiores son una recreación hecha a conciencia, con materiales y criterios de posguerra, para volver a colgar en ellos lo que había vuelto de los escondites.
Qué se ve hoy
Desde septiembre de 2019 se puede entrar. Antes solo se visitaba con solicitud previa y lista de espera larga; ahora hay visitas guiadas diarias en grupos de veinte personas como máximo. En 2024 pasaron por allí más de 107.000 visitantes.
El recorrido abarca catorce salas de la planta principal. Ahí están el Tiziano, los Rubens, el Greco, Zurbarán, Goya, Mengs y Zuloaga, además del archivo de la casa, que incluye documentos de Colón y correspondencia de los Alba desde hace siglos. La colección ocupa el sitio para el que se reconstruyó el edificio.
Del incendio no se ve casi nada, y eso también es parte de lo que se visita: el palacio se rehízo para que no se notara. Quien busque huellas de la guerra encontrará más en las fotografías de 1936 que cuelgan en la propia visita que en las paredes.
Cómo llegar y qué conviene saber
Calle de la Princesa 20, Madrid. Metro de Ventura Rodríguez, en la línea 3, a menos de cien metros; Plaza de España y Argüelles quedan a cinco minutos andando. Hay varias líneas de autobús por Princesa.
Es una casa privada, no un museo público: la entrada es de pago, hay que reservar con antelación en la web del palacio y el acceso es solo con visita guiada. No se entra por libre. Las plantas superiores siguen siendo residencia de la familia y no forman parte del recorrido.
Hay algo que se ve gratis y desde fuera: el jardín delantero y la verja de la calle de la Princesa. Desde la acera se aprecia lo retranqueado que está el edificio respecto a la calle, que es lo que explica que las fachadas aguantaran en pie mientras dentro no quedaba nada.